martes, 12 de octubre de 2010

El árbol que soy (2002)

Una vez empecé a recordar y me di cuenta que era un árbol. Mi reacción ante la sorpresa, como era de esperarse, me habría derribado al momento, pero para entonces, mis raíces eran firmes y estaban aferradas a la tierra: me forzaron a recordar que, ni aun en la realidad, había estado sobre el suelo. Me asusté, y por más que lo intenté, no pude cerrar mis ojos para evitar seguir viéndome, cual espantoso retrato, entonces quise interponer los dedos a mi perspectiva pero tampoco logré tapar mi cara, ya mis manos eran agrestes ramas, muy pesadas y sólidas para doblegarse. Seguí el recorrido de su corteza, pero no distinguía su fin, solamente de soslayo observé, allá muy lejos, donde se adelgazaban para sostener multitud de hojas. Me inquietó su terrible inmovilidad, sólo parecían estar allí para establecer un vínculo con los pájaros y los insectos.
Sostuve mi aliento y pensé: ¡Grita entonces!, pero igual de inútil fue mi nuevo intento porque las ráfagas de aire -ahora enrarecido de cierta pureza- hacían oscilar calmadamente mis ramas con sus hojas y arrancaban silbidos amargos y ensordecedores para mis anhelos. Pero de todos modos tampoco me escuché, sólo retumbaba un eco profundo dentro de mi ser, es decir, mi tronco, pero ese eco cada vez se hacía más remoto y difuso. Absorto, me concentré en tratar de no dejarlo ir, pero al parecer, mis razonamientos se diluían en la brisa hasta llegar a percatarme de que no estaba pensando nada, solamente me preocupaba el respirar y el devolverle al dinámico exterior mis nuevos poderes purificantes y mi presencia -estética quizá- para así robarle a la tierra esa posición. Entonces quise disfrutarlo y creí ser el árbol más bello de aquel bosque. Contemplé a mis vecinos y todos eran iguales a mí, o de la misma especie que la mía, pero supe de inmediato que ni siquiera uno de aquellos edificios de naturaleza verde podrán ser esencialmente como yo. Desde ese momento soy feliz, aunque a veces, si lo medito bien, y quizá, sumado a los constantes zumbidos de insectos, del viento entre mis hojas y los llamados de las aves, me cuesta recordar el significado de la felicidad.

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