miércoles, 13 de octubre de 2010

Matices y Matanzas (2000)

“El hálito de la muerte no se ve porque no tiene color, pues hace que la sangre, en el último momento, no tenga importancia”

Celeste Rojas Blanco cuando nació, nació blanca de pensamiento y morada de piel, pero cuando niña era morena, canela, con ojos verdes y rizos oro. Sus padres siempre fueron del mismo color, su madre blanca su padre negro. Vivían en los extensos campos verdes de Borgoña, bordeados a lo lejos por montañas azuladas, en una gran casa campestre desteñida de lila y verde. Los Rojas eran de sangre azul, pero dejaron de serlo, las oscuras intenciones de un antepasado los obligó a vivir en la gris miseria.
A Celeste le gustaban las naranjas. Las comía contenta mientras jugaba con sus muñecas pastel sentada en la oscura tierra. Su vestido preferido, el amarillo, siempre se tornaba café al jugar y su madre a la vez le ponía las nalgas rojas.
Celeste era verde en el colegio, en la universidad pensaba rojo y soñaba con su príncipe azul. Ya había guardado las muñecas rosado pastel.
Un día gris de octubre ella se puso su vestido blanco para casarse con un negro. Lo decidieron cuando ella le contó al negro que quería tener hijos de colores para que le sacaran canas verdes. Ella lo dijo al ver en la mirada opaca del negro, el amor encendido, pícaro pero inocente aún. Había conocido a Índigo, cuatro años atrás pintados de rojo tragedia cuando un día, varias nubes grises dejaron caer demasiado líquido incoloro como para contenerlo sobre todo el verde Borgoña, y tiñó de sangre las familias de negros y blancos por igual con su volumen. Se dio alerta amarilla pero la cruz roja no dio abasto. La casa lila ya no era lila, ni verde y ya no era casa. Los padres de Celeste, coloreados del café azabache de la tierra, murieron cuando un alud les calló encima. Celeste nunca volvería a soñar lúcido, claro o limpio. Índigo y Celeste se casaron, pero poco tiempo después, el amor ya no tenía el mismo color, el del fuego y la pasión, porque vivieron constantes épocas color de hormiga cuando los negocios oscuros de café del negro casi lo pintan de rayas blancas y negras en la cárcel de Borgoña. Días duros y plomizos para Celeste cuando además se dio cuenta que el negro Índigo se emborrachaba con vino tinto y que andaba con una amarilla de rosadas quince primaveras. Ella se puso verde de la cólera cuando lo supo, entonces esperó al negro una noche sin gama visible sentada en una mecedora terracota. Se emborrachó ella con vino dulce blanco de naranja, recordando las páginas blanco amarillentas de su pasado y advirtió entonces que tendría un futuro borroso, de tonalidad indefinida. En la mañana siguiente, el sol logró teñir todos
los colores de ese hemisferio, eran los mismos de ayer, el espectro cromático estaba completo. Los halos dorados entraron sin permiso en la habitación, confundiéndose de tono con los desordenados rizos áureos de Celeste. Cuando ella despertó, con los ojos rojizos de la resaca y las mejillas rosadas y arrugadas por el descanso, frotó su cara con las manos, y por un momento sólo vio chispas multicolores mientras se erguía trabajosamente. Había demasiada claridad en el ambiente por demás anaranjado, mas no así en su pensamiento, pues no recordaba el matiz de la noche anterior. Ella yacía de pie a un costado de la cama de mojadas sábanas blancas. A su lado, azulado y degollado, el negro. Descolorida e impávida, Celeste no podía pensar, sólo un instinto puro, ceniciento, le indicó qué hacer. Y así buscó las venas más verdes en su pálida muñeca y las cortó con una navaja bañada en plata. Pero antes de ver negro para siempre, notó que de sus heridas no salía sangre azul, ni roja. No tenía color.

1 comentario:

  1. Si hubieras puesto la opción: ME FASCINÓ, esa hubiera clickeado. Me encantó hasta ahora el que más me ha gustado.
    Me recordó ese cuento del duende verde en la casa verde... Pero muy bien construido todo. Me encantó.

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