viernes, 15 de octubre de 2010

Sinopsis de la enésima sinfonía (2004)

Consta de dos movimientos bien diferenciados. El movimiento inicial se desenvuelve sin el director, por lo que aunque está escrito claramente, se tiende sin embargo en forma poco ordenada a su ejecución, aunque las suaves notas de los violines se desarrollan aún, rítmica y suavemente como en una oda ingenua (corporal) en mi menor. Pero gradualmente cada una de las secciones se adiciona al argumento inicial, mas sin base sólida, pues se desata una atmósfera experimental de jugueteo en stacatto con los fragmentos primitivos y una paulatina decadencia de la línea principal. Entra luego una tonalidad esquiva (espiritual) que se abre paso sigilosamente pero con cierta decisión entre un larguetto brillante de cuerdas que acondicionan con tensión y cierta espesura. Se entremeten golpes percutivos en síncopas no bien definidas y se alternan las voces de las cuerdas y los vientos, como en una prolongada conversación que, cada segundo se agrava y hace que se pierda la paz original, mientras se establece una acalorada disputa. Se negocia la entrada de las otras secciones que no han tenido participación hasta el momento, pero de forma atonal, como en un caos barroco con matices de un modernismo degenerado. El tema principal ahora va perdiendo significado y claridad entre la miríada de asociaciones confusas entre el corno y la viola principales, el fagote y el chelo, la flauta y los timbales, los violines segundos y los contrabajos; golpeando insonoros acordes y acentuando inútiles notas que crean un ambiente de cánones difusos y disonantes, desencadenados por una especie de lucha de poderes entre las partes. Todo llega a un enérgico y trastornado clímax, desesperante, arrítmico, donde no se distingue el cúmulo de trazos que hilvanaban cadentemente el tópico del comienzo, sino que llega a predominar una maraña de pizzicatos y acordes dubitativos, con contrapuntos débiles, casi fantasmas, degradándose en un inmenso calderón que cada instrumento escoge arbitrariamente, desatando el final quizá, hasta esperado.
El segundo movimiento principia con la entrada por demás heroica del director, quien, con un traje blanco manchado de sangre, ordena con su sola mirada el desorden predominante de las secciones. Con un golpe categórico de la batuta en el atril, inicia a ritmo de bombo y redoblante una especie de danza gloriosa de un nuevo nacimiento, allegro assai, brillante y sublime, que borra los efectos insonoros del primer movimiento. Se adquiere seguridad en la interpretación correcta de las partituras originales, a medida que el maestro director sostiene sus manos en el aire ejecutando solemne, mientras da permiso de entrada a las secciones que en exquisito orden, se añaden candentes, lozanas y naturales. Fluyen los tiempos y se entona una melodía triunfal con los metales que prepara el entorno victorioso, alimentado por la vivaz y flagrante danza de los chelos que se integran sucesivamente, en escalas pentatónicas extensas y soberanas, maquillando milagrosamente la disonancia inicial, y haciendo olvidar por completo la anarquía primera. Todo se desenvuelve en forma entusiasta y espectacular, porque indisolublemente retorna al origen del performance, ya no hay perversión de los instrumentos ni de las leyes musicales, sino que se troca todo aquello en un elaborado minuet hermosamente acompasado. El tema y propósito de la obra entera se distingue ahora… Adagio molto e cantabile. Mientras se reanuda el cauce fluido que siempre tuvo que tener, se va acondicionando una ambientación festiva y jubilosa, que evoluciona en matices y melodías con trazos maravillosos. Todo trascurre sin menor objeción, sin mayor encrucijada, por lo que el Autor logra el cometido, la sensación inagotable y placentera de una portentosa redención, de una verdadera sinfonía magnífica, que podría prolongarse, si se quiere, por toda la eternidad…

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